
Lo observaba,
lo contemplaba, o más bien lo admiraba. Admiraba su manera de actuar, incluso
de ser (lo había observado tanto que, incluso lo conocía más de lo que se
imaginaba). Claro que yo para él era un absoluto extraño. Seguro que ni se
había inmutado del hecho que llevaba cerca de dos años preparándole el café por
las mañanas, que me sabía de memoria que su tostada preferida debía ser de
mantequilla y mermelada de fresa y que, en día de bajonas prefería chocolate caliente y nada más. Que prefería la literatura moderna, que de vez
en cuando leía periódicos y que, a diferencia de muchos, prefería no estar todo
el rato mirando el móvil.
Sí, tenía un
encanto hechizante. Sentía que lo sabía todo sobre él, sin necesidad de haber
hecho intercambio de palabra alguno. Me había acostumbrado a su presencia, que
aunque breve, me alegraba el día de trabajo en aquel bar. Solía ir con una
mochila, por lo que suponía que iba a la universidad, o en todo caso, a bachillerato
(parecía tener ya los 20 años). Sentía que lo sabía todo, lo cierto es que ni
siquiera conocía su nombre, aunque sí el olor de su perfume.

Así era, un
día tras otro. Y yo por temor al rechazo me limitaba a hacer mi trabajo: servir cafés,
fregar platos… en fin, lo que suele hacer un camarero. A diferencia de él yo no
iba tan arreglado, ni olía tan bien… entre la universidad por la tarde y el
trabajo por la mañana apenas tenía tiempo.
¿Cómo podía
sentirme así por alguien a quien ni siquiera conocía? Trataba de no
obsesionarme con él, ni con la idea de hablarle, pues aquí el mayor de mis
miedos: ¿y si no era homosexual? Me daría algo si por una vez en mi vida me
hiciera el valiente y cayera de bruces. ¿Y si, haciendo eso ya no lo volviera a
ver más? Aún así hice un vago intento por cruzar algunas palabras, me apresuré a andar, y cuando sus ojos se cruzaron con los míos me quedé helado, de piedra. No pude. Y se fue.
Se fue. Otro día más. Otra oportunidad perdida. Dejó el dinero del desayuno y una propina. Me fijé, había un número de teléfono. “Báh, seguro que es para alguna de mis compañeras” pensé. Detrás había una nota: “La vida es maravillosa si no se le tiene miedo” – Charlie Chaplin. Sonreí, no me lo creía. Sabía que era para mí. Era la cita que apareció en el sobre de azúcar que llevaba el primer café que le serví.
Y para terminar...